Albert Einstein, su judaísmo y la causa sionista

En un nuevo aniversario de la muerte de Albert Einstein, te ofrecemos parte de su pensamiento judaico (contradictorio, pero siempre interesante) y en una nota aparte un compendio de sus frases más geniales.
La historia puede enseñarnos que la realidad humana, individual e institucional es compleja y no siempre libre de contradicciones, pero esto no quiere decir que no sea posible en ningún caso establecer criterios o juicios morales; que sea imposible distinguir entre situaciones o posturas.
La palabra de un judío muy admirado y honrado en Israel como Albert Einstein muchas veces es utilizada para traducirla en "que hubiera dicho en esta u otra circunstancia", o, peor aún, para interpretar con los ojos de hoy las acciones que encaró el genial científico. Muchos historiadores actuales traducen su humanismo como una luz verde para la causa palestina. Pero no encuentran una línea del físico escrita sobre tal causa. Además, se encuentran con otro problema, Einstein murió un 18 de abril de 1955. Solamente por entonces había pasado la Guerra de la Independencia. Hoy pasaron más de diez guerras, surgió el terrorismo, y hace catorce años que los palestinos tienen vía libre para ordenarse como Estado y no lo hacen. Pero pasemos al repaso de lo que dijo Albert Einstein.

Que Einstein contribuyó de manera destacada a la 'causa judía' es un hecho tan conocido como innegable. Los ejemplos en este sentido son demasiado numerosos como para intentar resumirlos; por ejemplo: su primer viaje a los Estados Unidos lo realizó en 1921 en compañía de Chaim Weizmann, para conseguir fondos destinados a crear una Facultad de Medicina en la entonces Universidad Hebrea que se planeaba edificar en Jerusalén, la misma institución a la que siempre ayudó (durante su única visita a Palestina, en 1923, pronunció la conferencia inaugural de la Universidad, a la que a su muerte dejaría, como legado testamentario, todos sus papeles y derechos de autor). Las fotografías y otros documentos que nos han llegado muestran claramente la entusiasta y desbordante recepción que la ciudadanía de Nueva York le brindó, con lo que el viaje adquirió una importancia que se extendió mucho más allá de la mera recogida de fondos para una institución académica. Y es que el principal aporte de Einstein a la causa del pueblo judío fue el contarle públicamente entre sus miembros, y disponer sin reservas de su imagen, la del sabio respetado y admirado mundialmente. Su palabra, que tantas veces utilizó para defender a los judíos, fue importante, sin duda, pero seguramente menos efectiva que su imagen y ejemplo. No es sorprendente por ello que en noviembre de 1952, tras la muerte de Weizmann, el primer presidente del Estado de Israel, Einstein recibiese la oferta de sucederle en el cargo, que en nombre del primer ministro Ben Gurion le transmitió Abba Eban, entonces embajador de Israel en Estados Unidos, en una carta fechada el 17 de noviembre. Al día siguiente, Einstein rechazaba la propuesta: 'Estoy profundamente conmovido por la oferta de nuestro Estado de Israel', escribió, 'y al mismo tiempo apesadumbrado y avergonzado de no poder aceptarla. Toda mi vida he tratado con asuntos objetivos; por consiguiente, carezco tanto de aptitud natural como de experiencia para tratar propiamente con personas y para desempeñar funciones oficiales. Sólo por estas razones me sentiría incapacitado para cumplir los deberes de ese alto puesto, incluso si una edad avanzada no estuviese debilitando considerablemente mis fuerzas. Me siento todavía más apesadumbrado en estas circunstancias porque, desde que fui consciente de nuestra precaria situación entre las naciones del mundo, mi relación con el pueblo judío se ha convertido en mi lazo humano más fuerte'. El 21 de noviembre revelaba una razón suplementaria al director del periódico Ma'ariv: 'También pensé en la difícil situación que podría surgir si el Gobierno o el Parlamento tomasen decisiones que pudiesen crear un conflicto con mi conciencia; ya que el hecho de que uno no pueda influir realmente en el curso de los acontecimientos no le exime de responsabilidad moral'.

'Hace 15 años, al llegar a Alemania, descubrí por primera vez que yo era judío, y debo ese descubrimiento más a los gentiles que a los judíos'.
Einstein era judío por origen, sí, pero más importante para él era ser una persona digna e independiente: 'Por herencia, soy un judío; por ciudadanía, un suizo, y por mentalidad, un ser humano, y sólo un ser humano, sin apego especial alguno por ningún Estado o entidad nacional', escribió el 7 de junio de 1918 a Adolf Kneser; y el 3 de abril de 1935 a Gerald Donahue, un estadounidense que le había escrito expresando la idea de que los judíos eran primero, y por encima de todo, ciudadanos de sus países: 'En última instancia, toda persona es un ser humano, independientemente de si es un americano o un alemán, un judío o un gentil. Si fuese posible obrar según este punto de vista, que es el único digno, sería un hombre feliz'.

¿Y qué pensaba sobre la posibilidad de que se crease un Estado judío? Apoyó la idea del retorno institucional de judíos a Palestina. Pero es preciso detenerse en sus opiniones y en los diversos argumentos que utilizó. Así, en un discurso que pronunció en Nueva York el 17 de abril de 1938, con motivo de un acto organizado por el Comité Nacional de Trabajo para Palestina, reconocía que 'el pueblo judío ha contraído una deuda de gratitud con el sionismo. El movimiento sionista ha revivido entre los judíos el sentimiento comunitario, y ha llevado a cabo un esfuerzo que supera todas las expectativas', y también que los judíos se encontraban en una situación difícil en Palestina ('los campos que se cultivan durante el día han de tener protección armada durante la noche, a causa de los ataques de bandidos árabes fanáticos'). Einstein no terminaba su exposición ahí, tenía más cosas que decir, en las que mostraba temores: 'Desearía que se llegase a un acuerdo razonable con los árabes sobre la base de una vida pacífica en común; me parece que esto sería preferible a la creación de un Estado judío. Más allá de las consideraciones prácticas, mi idea acerca de la naturaleza esencial del judaísmo se resiste a forjar la imagen de un Estado judío con fronteras, un ejército y cierta cantidad de poder temporal, por mínima que sea. Me aterrorizan los riesgos internos que se derivarían de tal situación para el judaísmo; en especial los que surjan del desarrollo de un nacionalismo estrecho dentro de nuestras propias filas, contra el que ya hemos debido pelear con energía, aun sin la existencia de un Estado judío'.

Urgía Einstein, como vemos, una solución del conflicto árabe-judío en Palestina basada en un mutuo acuerdo y comprensión, aunque bien es cierto que en 1948 se resignó a la idea de una solución que implicase la partición del territorio. En cualquier caso, hasta prácticamente los últimos días de su vida mantuvo estas preocupaciones. El 4 de enero de 1955, pocos meses antes de su muerte (falleció el 18 de abril), escribía a Zvi Lurie, un prominente miembro de la Agencia Judía en Israel: 'El aspecto más importante de nuestra política debe estar siempre presente: manifestar el deseo de instaurar una completa igualdad para los ciudadanos árabes que viven en nuestro medio, y darse cuenta de las dificultades inherentes en su situación actual... La actitud que adoptemos hacia la minoría árabe significará la prueba verdadera de nuestros valores morales como pueblo'.

Albert Einstein hubiese sido, sin duda, una figura interesante para consultar hoy.

Imagen: