La visita de Trump: El mesías no viene a Israel; por Orly Azoulay, ynet

La derecha israelí -que se regocijó con la elección de Donald Trump, lo llamó el mayor amigo de Israel -esperaba que la congelación de la construcción de asentamientos fuera cancelada- se enfrenta ahora a una realidad diferente. El presidente de Estados Unidos es un hombre de negocios astuto que está intentando borrar sus fracasos internos alcanzando un histórico acuerdo israelí-palestino que tendrá su nombre en todo.

El Presidente Donald Trump tiene una clara ventaja sobre sus predecesores en su próxima visita al Oriente Medio: Está libre de prejuicios, no está comprometido con nadie, ignora detalles, precedentes y memorandos, adopta la opinión expresada por la última persona que le susurró al oído, anula las decisiones, cancela las reuniones y convoca a los demás, pide una versión breve de todo, en el nivel de slogan, que no le impide cambiar los planes y voltear las mesas poco después. Lo que era verdad ayer es irrelevante hoy. Es un presidente del tweatter y la inmediatez.
Sus predecesores tenían un profundo conocimiento: Bill Clinton era capaz de dibujar cada callejón en Jerusalén en una servilleta para indicar dónde comenzaba la soberanía israelí y terminaba en un futuro acuerdo. Barack Obama comprendió a fondo las ansiedades israelíes y las aspiraciones palestinas. George W. Bush sabía de qué estaba hablando. Todos fracasaron cuando llegaron al principal obstáculo llamado fronteras de 1967.
Trump está dirigiendo una Casa Blanca que se ha quedado fuera de control, donde hay una mezcla de locura y caos, pero se mantiene firme cuando se trata del acuerdo final que quiere lograr entre Israel y los palestinos. Tal vez en el lugar donde los expertos se han estrellado, el hombre que no sabe nada de nada logrará hacer algo con los trucos de un hombre de negocios que odia los argumentos quisquillosos y gimoteos sobre la privación. Con el fin de tener éxito, sin embargo, tendrá que hacer que todos bajen el copete.
La derecha israelí, que se regocijó por su elección, que lo alabó como el mayor amigo de Israel, que estaba convencida de que la congelación de la construcción en Judea y Samaria estaba a punto de ser cancelada, que afirmaba que Obama era historia y que las relaciones entre la Casa Blanca Y Jerusalén estaban entrando en una luna de miel, ahora se enfrenta a una realidad diferente. El presidente americano está en camino, pero el mesías no viene. La persona que viene es un hombre de negocios: toma y daca.
Durante años, Israel trabajó en la comercialización para el mundo de la percepción de que el conflicto israelí-palestino no es el obstáculo para una reconciliación regional ni la causa de la inestabilidad en el Medio Oriente. Trump no compra ese enfoque. No es casualidad que eligiera Arabia Saudita como la primera parada en su visita: a Trump le gustan los miembros de la familia real, porque le gustan los ricos como él, aunque son mucho más ricos. Está decidido a hacer todo lo contrario a lo que hizo Obama: su predecesor no se llevaba bien con los saudíes, Trump los quiere como socios tanto en su acuerdo de paz como en los negocios en general. Él les traerá un acuerdo de venta de armas de mil millones de dólares. A los saudíes les gustan las bombas guiadas y los aviones de combate, y a Trump le gusta vender y obtener ganancias, que las industrias de armas estadounidenses necesitan como aire.
En cuanto al acuerdo de paz que él está inventando, Trump ya ha declarado que acepta parte extensa de la iniciativa saudita, de la cual sus anfitriones en Riyadh están muy orgullosos. Quería un compromiso de ellos de establecer relaciones diplomáticas con Israel. Los saudíes dejaron claro que estarían dispuestos a hacerlo, pero que Palestina llegó primero y que las banderas sólo se elevarían después.
Trump, se esfuerza por crear una coalición de estados suníes bajo su liderazgo contra el terror del Estado islámico, quiere establecer su estatus de líder del mundo libre en Riad. Y puesto que no está impulsado por los sentimientos, la presión que pondrá sobre Israel será tan pesada como con todo lo demás. Junto con la cansada conversación sobre la fuerte alianza y las garantías para la seguridad de Israel, se espera que exija moderación en la construcción en Judea y Samaria y flexibilidad hacia los palestinos, incluso antes de que empiecen las negociaciones. Probablemente también evadirá su promesa de trasladar la embajada estadounidense a Jerusalén, al menos no inmediatamente. No fue por casualidad que diplomáticos estadounidenses se enfrentaron con trabajadores del gobierno israelí que vinieron a ayudar a preparar la visita de Trump al Kotel. No fue por casualidad que el Asesor de Seguridad Nacional H. R. McMaster evitó afirmar que el Muro Occidental era parte de Israel. No es por casualidad que Trump no será acompañado al muro occidental por un líder israelí. Aunque el secretario de prensa de la Casa Blanca, Sean Spicer, dijo el martes que "el Muro Occidental es obviamente uno de los sitios más sagrados en la fe judía y claramente en Jerusalén", pero esta no es la declaración que el primer ministro de Israel soñaba.
La Casa Blanca quiere hacer sudar a Benjamin Netanyahu también. Nuestro gran amigo llegará a la región sin tener en su bolsillo a ninguno de los actores del espectáculo del Medio Oriente, lo que crea la esperanza de que sea la única manera, con una presión inmoderada, al borde de la coerción, de golpear a las cabezas de los partidos y hacer lo que parece ser el teatro del absurdo en esta etapa: la paz integral. Trump está llegando a nuestro vecindario, y no viene a ganar el corazón de la gente. Viene a sacar provecho de la situación, como un hombre de negocios ansioso por cortar la cinta. Tal vez esa es la manera correcta de ir.